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En La Trinidad, explotación racional del bosque

Tras la tala, comuneros de Oaxaca reforestan, cuidan los predios y fabrican muebles

Angélica Enciso Landero

Enviada

Periódico La Jornada

Martes 5 de julio de 2016, p. 36

La Trinidad, Oax.

A las 7 de la mañana empieza la jornada de trabajo en el bosque. Este día transcurre en una parcela que fue talada a matarrasa, donde sólo quedó en pie un árbol: es para que se posen las aves. Ahora la tierra se prepara para la reforestación. Los árboles que crezcan aquí serán cortados dentro de 50 años. Hay cuatro mujeres entre el grupo que limpia el terreno y que corta las ramas que están en el suelo.

Son los bosques de pino de la comunidad La Trinidad. El programa de manejo autorizado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) avala la técnica conocida como matarrasa y define los predios que cada año pueden ser aprovechados para que luego se regeneren y las parcelas tengan árboles nuevos, los cuales capturan más carbono.

Se trata de un esquema de silvicultura intensiva, donde se tala totalmente el predio y, tras la reforestación, los árboles de pino tardan en crecer hasta cinco décadas, periodo en el cual el bosque es cuidado: ‘‘se limpia y se clarea para que crezcan los mejores’’, explica el técnico forestal Abel Martínez. Los troncos se llevan al aserradero, salen tablas que se venden o se utilizan en las fábricas comunitarias de muebles.

Las comunidades de la sierra norte no son pobres, dice Salvador Anta, socio del Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible. De acuerdo con el índice de marginación del Consejo Nacional de Población 2015, Ixtlán de Juárez tiene un grado bajo de marginación, y La Trinidad, medio. De 5 mil 600 habitantes en Ixtlán, 97 son vulnerables por ingresos, y en Santa Catarina Ixtepeji, habitado por casi 2 mil personas, 50 tienen esa carencia, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.

Aquí, las autoridades tradicionales emplean a 42 personas en el trabajo de monte, todos comuneros. De ellos ocho son mujeres. “Se impulsa la equidad de género. Se busca que las mujeres se involucren. Es la primera comunidad que les da trabajo y también participación en las asambleas’’, explica Pedro Martínez, jefe de monte. Laboran a pleno sol, con un casco de protección y lentes oscuros.

Xóchitl Maribel tiene 50 años. Es delgada, ágil en sus movimientos. Dice que la labor empieza a las 7 de la mañana y termina a las 15:30 horas, pero si se requiere se quedan más tiempo a trabajar. “Me gusta estar aquí, ver el bosque a mi alrededor. Sentir el aire’’. Reconoce que es una faena dura, pero le gusta. Sus tres hijos son comuneros. Al día gana 150 pesos.

Es momento del almuerzo. El grupo deja por unos minutos el trabajo y sube la pendiente. Hay un fogón prendido. Calientan las quesadillas que llevan preparadas, platican sobre el trabajo. En la sombra, descansan unos minutos para volver a la parcela, en la que, tras el retiro de los troncos y ramas, comenzará la plantación de pinos que ya esperan en el vivero.

Otro método de trabajo que emplean las comunidades en el bosque consiste en elegir los árboles a talar, ya sean los que están chuecos o viejos. Así quedan los mejores ejemplares, explica Abel. Además del aprovechamiento forestal, los comuneros han expandido sus actividades hacia el ecoturismo, aserraderos, fábricas de muebles y plantas de agua embotellada.

Lucero Méndez tiene 20 años, es hija de un comunero y la encargada de producción de la planta embotelladora de agua Latzillela en Santa Catarina Ixtepeji, poblado de casas de adobe, techos de madera y pulcros caminos de tierra en una pequeña planicie desde donde se ve la profundidad de la cordillera.

Lleva cinco años de trabajo aquí. Explica que el agua se obtiene de un manantial que está a siete kilómetros; cada día se producen alrededor de 500 garrafones. Venden botellas de agua, sobre todo a la cabecera municipal de Ixtlán y al centro de salud. También maquilan. En estos días preparan una producción en envases de vidrio para una marca que se comercializa en la Ciudad de México en 30 pesos.

Lucero dice que hay mucha competencia en el mercado, sobre todo con las grandes empresas. “Muchos venden agua de pozo y la promueven como si fuera de manantial”. Detalla el proceso de purificación y asegura que la calidad de la que venden es la mejor. “Viene del bosque”.

En la fábrica de muebles de Ixtlán, Ariel, el encargado, describe el proceso de transformación de la madera. Aquí trabajan 60 personas en el proceso de armado, pulido y barnizado de las piezas. Utilizan cubrebocas para protegerse del polvo y los gases de barniz. Resalta que las mujeres son más detallistas y cuidadosas.

María se protege con un cubrebocas, y se concentra en cuidar la madera y que el color de la pieza esté parejo; dice que la cautiva cuando está terminada. Después, el mueble sale a la venta. Es el fin del ciclo de producción que tuvo su inicio con el corte del árbol.

Los habitantes de la sierra norte tienen arraigada la organización social comunitaria, sostiene Salvador Anta. “El código moral es fuerte: primero es la comunidad y luego los individuos”. Mantienen sus usos y costumbres. Hasta ignoran el horario de verano; tienen su propia hora, “porque aquí es tierra de Dios”, señala Pedro Martínez, quien pasa la mayor parte del día supervisando el monte.

http://www.jornada.unam.mx/2016/07/05/sociedad/036n1soc